Cuando, como en mi caso, te dedicas a escuchar las problemáticas de las personas y la manera que tienen de enfocarlas, enseguida te das cuenta de si tienen claro el siguiente concepto, muy sencillo y de vital importancia para controlar nuestros niveles de ansiedad y nuestra sensación de control sobre nuestra vida.

El concepto en cuestión consiste en saber distinguir la diferencia entre ZONA DE INFLUENCIA y ZONA DE PREOCUPACIÓN.

En nuestra vida nos vamos a encontrar casi a diario con situaciones o personas que no van a ser como nosotros querríamos. Y por lo tanto, vamos a dedicar energías a enfadarnos y también a intentar modificar esa situación o persona para que cuadre con los que nosotros deseamos, o nos conviene más.

En este punto es donde conviene tener muy clara la diferencia entre estas dos zonas, o lo que es lo mismo, tener claro cuál es nuestro ámbito de actuación, porque de lo contrario, nuestros esfuerzos serán en vano y nos sentiremos frustrados.

La zona o círculo de preocupación, abarca todos aquellos asuntos que nos preocupan o nos perjudican, pero que no podemos cambiar, como por ejemplo:

La manera de ser/hacer de los demás (es muy lento, habla demasiado, no entiendo cómo le puede gustar correr, no puedo entender que haya dejado el trabajo, etc).

El impacto de mi entorno social y laboral (subida de impuestos, cambio de gobierno, un ERE en la empresa, que me suban el alquiler, etc).

La naturaleza (hace frío, uf qué calor, llueve, menuda humedad, etc).

Es muy habitual la tendencia a gastar energías en quejarnos de este tipo de cosas.

Cuando antes entendamos que los asuntos de nuestro círculo de preocupación no dependen de nosotros, antes nos relajaremos y antes dedicaremos nuestra energía hacia fines más útiles.

En contraposición, tenemos la zona o círculo de influencia: aquellos asuntos que me molestan o preocupan y en los que sí tengo capacidad de acción y por lo tanto, de cambio.

Y la buena noticia es que esta zona es muy grande, y es la que nos va a proporcionar la sensación de ser los responsables de nuestra vida y de no acarrear con problemas que no nos corresponden.

Ejemplos:

  • No puedes hacer que el otro cambie, pero SÍ puedes cambiar tú. Puedes decidir tener otra actitud en relación a aquello que te molesta, para empezar, y, sobre todo, tener claro que tú solamente puedes, y debes, actuar sobre ti mismo. Si algo te molesta de alguien se lo puedes decir, claro, pero ten claro que dar tu punto de vista no tiene por qué producir ningún cambio en el otro.
  • No puedes evitar el ERE de tu empresa, pero SÍ puedes decidir no adoptar un rol de víctima, dedicarte a aprovechar bien el tiempo que estés en el paro para formarte, hacer cosas que antes no tenías tiempo de hacer, y pensar con calma por qué camino quieres que siga tu vida profesional.
  • Puedes decidir que la lluvia no te moleste y salir de todas formas, y entender que la lluvia es igual de esencial que el sol para que la vida siga.

En definitiva, es muy importante tener la capacidad de discernir entre estas dos zonas para no desperdiciar energía, ponernos nerviosos y frustrarnos.

Así que, la próxima vez que te preocupe o moleste alguna situación o persona, pregúntate lo siguiente:

¿Puedo yo cambiar esta situación o esta forma de actuar/pensar?  ¿Vale la pena dedicarle mis pensamientos y energías, o mejor los invierto en otra cosa?

En relación a este tema se pronunció ya hace siglos y de forma magistral el gran San Francisco de Asís:

“Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo cambiar, y sabiduría para reconocer la diferencia”.

 

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